Teatro Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores en el Teatro Arlequín

Cuando tenía 19 años me subí por primera vez a un escenario durante mi periodo en la universidad representando a Leonardo en Bodas de Sangre, y desde ese momento, me enamoré de la sensibilidad y la ternura, de la fuerza y el desgarro de los personajes lorquianos, de la palabra como el instrumento de transmisión de tan enormes sentimientos. El pasado jueves en el teatro Arlequín la compañía Trece Gatos, a la que conozco de cerca, me hizo volver a disfrutar de la magia del poeta gracias a un exquisito texto con unas raíces dramáticas profundas que se agarran a lo más hondo de cada uno cuando contempla ensimismado la grandiosidad del inigualable Federico en palabras de Doña Rosita, las Manolas, la tía, el ama y el resto de personajes del espectacular drama del poeta granadino.


Interpretar una obra de Lorca es como cocinar un gran plato ayudado por un gran chef, o como  caminar con los ojos vendados agarrado de la mano de un buen guía; la materia prima es tan brutal que rara vez permite que el montaje se convierta en un fracaso. No en vano, Lorca es uno de nuestros dramaturgos con mayor reconocimiento a nivel internacional. Si a esto aunamos el buen trabajo escenográfico, la cuidada selección musical, el vestuario sorprendente y el conseguido diseño de luces de esta compañía amateur, el resultado es positivo para el público que acude al teatro en las calurosas tardes del verano madrileño.


Trece Gatos muestra durante estos días su trabajo en el Arlequín como una compañía que prepara textos principalmente adaptados por su director, Carlos Manzanares, con el sello inigualable de los toques góticos, los ambientes nocturnos y oscuros y la escenografía cuidada hasta el más pequeño detalle que, por momentos, confunden al público al mostrar un trabajo casi más cinematográfico que teatral.

Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores es el último texto teatral estrenado en vida por el de Fuentevaqueros antes de su desaparición repentina que dejó a la literatura de primera mitad del siglo pasado un poco huérfana. Pretendía el gran Lorca crear una tragicomedia alejada de la pasión, la fuerza y el desconsuelo de sus trabajos anteriores, pero finalmente la criatura que creó llegó a ser una de las más bellas a las que dio vida este mito literario del siglo XX.


Rosita vive con sus tíos en Granada, ciudad encantada y embrujada a la que el poeta recurre una y otra vez en sus textos. Feliz de compartir el hogar con sus tíos y con el ama que casi se ha convertido ya en una más de la familia, Rosita vive enamorada de su primo, a pesar de la desaprobación de su tía, y éste, antes de partir en un viaje hacia Tucumán, a hacer las Américas, convence a la joven de contraer compromiso con la intención de casarse cuando él regrese del otro lado del mundo. La inocente Rosita comparte su alegría con sus amigas, las Manolas, que, al igual que ella, disfrutan de su soltería y de la galantería de los jóvenes granadinos que las cortejan día tras día, pero nuestra protagonista permanece fiel a su prometido, a pesar de que el paso del tiempo los mantiene alejados.


Se divide la obra en tres actos marcados por ese paso del tiempo que va haciendo mella en la joven granadina; el primero en el que conocemos a la mayoría de personajes y en el que Rosita recibe la propuesta de su primo, un segundo acto en el que han transcurrido un poco más de 10 años desde la marcha del joven y el último, cuando Rosita, que aún sigue esperando la vuelta de su amado, roza ya los cincuenta.

Es fundamental para entender el texto, como lo es en otros trabajos de Lorca, analizar la simbología y los recursos que en este caso el director ha sabido potenciar para dotar al espectáculo de la calidad que posee. Como ejemplo, el amor del tío de Rosita por las flores que cultiva en su jardín, entre las que se encuentra una especie de rosa con unas características únicas que la hacen cambiar de color de la mañana a la tarde para, finalmente, deshojarse al llegar la noche, un símil maravilloso de lo que le ocurre a nuestra protagonista con el paso del implacable tiempo.


Como ya comenté con anterioridad, desde mi punto de vista la selección y ambientación musical son imprescindibles en el montaje para cautivar al espectador, mantener su atención en los cambios de escenografía, en los cuales las flores que decoran la casa donde se desarrolla la escena cobran una importancia vital, y para dotar de dulzura, tristeza o alegría las diferentes escenas que se suceden en la hora y media aproximada de duración de la pieza. 

Los dieciséis personajes con los que cuenta esta versión plagan el escenario en determinados momentos dejando, en otros, unos bellos diálogos con el sello lírico de Federico, alternándose escenas graciosas y vivas como la de la fiesta del santo de Rosita en su casa, con otras, sobre todo en el tercer acto, cargadas de tristeza y compasión, como la que mantienen el ama y la tía, ya en el ocaso de sus vidas, cuando se ven obligadas a abandonar el hogar en el que siempre han compartido sus chanzas, sus discusiones y su amor y preocupación por la joven. 


Los tintes góticos típicos de las producciones de esta compañía, presentes sobre todo en un vestuario más a la altura de compañías profesionales que amateur, enaltecen a los personajes y dan a la obra un ambiente lúgubre que se agradece aún más. La iluminación potencia las escenas que, durante la obra, transcurren todas en presencia de la escenografía de la casa de Rosita, con una cortina traslúcida que marca dos espacios diferenciados para determinadas escenas. Los cenitales, potenciados con el recurso del humo, también generan escenas muy bellas como la que da fin a la obra.


También quiero destacar el trabajo coreográfico de la escena de la fiesta del santo de Rosita, en la que conviven doce personajes a la vez y que se convierte en la más cómica de todas, con las peculiaridades de las solteronas contrapuestas a la vivacidad de las Ayolas y las Manolas un trabajo que evita que el público más disperso se descentre y que tenga que volver a prestar atención a la escena para divertirse con los comentarios entre unas y otras, siempre moderados por los habitantes de la casa.

En términos generales el trabajo de interpretación es aceptable por parte de casi todo el elenco, sobre todo si tenemos en cuenta que no se trata de una compañía profesional, aunque en determinadas escenas quizás se echa en falta algo más de sentimiento y, posiblemente, también de lírica, sobre todo en los primeros actos y por parte de determinados actores, que, al tratarse de unos personajes con tanta sensibilidad, fuerza, tristeza y desgarro o alegría, en función del acto, se alejan de lo que el público espera en un trabajo con semejante base. Destaca, a mi modo de ver, el trabajo llevado a cabo por el ama y la tía (interpretados por Elordi García y por Marisa Ruíz), dos de los personajes con más peso escénico, siempre sin dejar de mencionar la atracción que suscita en el público el personaje de Renata o madame Renée (Nuria Simón), que en la versión original de Lorca es un profesor con menos peso en la historia y que en esta versión conmueve al espectador por su excelente interpretación y la última escena en la que aparece. 


Los cambios de acto se llevan a cabo con fluidez y evitan la dispersión en el patio de butacas. Las melodías mecen a los personajes y transportan al público, en ocasiones, a las propias calles de Granada, al Albaycín, la calle Elvira o la Iglesia de San Antón, avivando el espíritu pero encogiendo a la vez el corazón. Es el recurso más mágico y cautivador del trabajo llevado a cabo por la compañía madrileña de la que también hay que mencionar la bonita narración en off que posee la propuesta.


Siempre hay que encontrar un hueco para disfrutar de Lorca, ya sea leyendo sus poemas, sus trabajos teatrales o, por qué no, disfrutando de las versiones que otros puedan hacer del maravilloso trabajo del granadino. Y teniendo en cuenta las sofocantes tardes del verano madrileño y, a la vez, la facilidad para moverse por el centro en esta época estival y, concretamente, en el mes de agosto, dejarnos atrapar por el Arlequín para enternecernos con Doña Rosita puede ser un buen plan.
-------------

Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores
Teatro: Arlequín
Dirección: Calle de San Bernardo 5
Fechas: Hasta el 16 de agosto. Jueves a las 20:30. 
Entradas: Desde 10 € en Teatro ArlequínAtrapalo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

BUTACA DE PRIMERA EN INSTAGRAM