Teatro: "Barcelona 92" en Teatros Luchana

Aquel año en el que todo era posible, en el que parecía que España por fin pasaba a ser un país europeo a todos los efectos. El año de la Expo de Sevilla, pero sobre todo el año de las Olimpiadas de Barcelona, el espaldarazo definitivo para una ciudad que dejaría de ser anticuada para ser un ejemplo de modernidad y saber hacer. Ese año 1992 en el que todo era posible y parecía todo de color de rosa, mucha gente seguía sufriendo, más si cabe por ser un año tan señalado, y seguían con sus vidas ajenos a la vorágine olímpica.




La situación en la ciudad de Barcelona en aquel legendario año olímpico era de absoluta efervescencia, como no podía ser de otra manera ante el evento que se iba a producir en la ciudad. Fue un año clave para la ciudad, el año en que se quitaron todos los ropajes de la casposa España de la transición para dar el salto definitivo a Europa, como estandarte de una nueva España que se modernizaba a la velocidad que marcaba el ladrillo.

Pero como en toda época de bonanza, siempre hay una parte oscura que queda rezagada, que no acaba de subirse al tren de la modernidad, que han quedado lastrados por épocas posteriores y viven anclados en un pasado del que no pueden escapar. Estos principios de década tenían aún muchas secuelas de la vorágine que se creó en la transición. Las drogas habían dejado grandes secuelas, muchos eran los jóvenes que habían caído en ella, y muchos los que habían sido detenidos por traficar con ellas. Los yonkis recorrían las calles con su paso cansado y con la angustiosa búsqueda de una nueva dosis, mientras jóvenes perdían parte de su juventud en la cárcel por los trapicheos a los que el dinero fácil les había llevado.



La obra que nos ocupa nos habla de esa parte marginal de la Barcelona olímpica, esa ciudad que había quedado anclada en tiempos pasados y no se pudo adaptar a los nuevos tiempos de modernidad que corrían por la ciudad. Una interesante secuencia de escenas nos hacen un recorrido periférico de lo que era aquella ciudad. Un complejo amalgama de realidades, en el que las guiris venían buscando el sol y la pasión mediterráneas, mientras parejas de jóvenes se debatían entre seguir por un campo minado juntos o empezar a separar sus caminos.




Esta tragicomedia olímpica, creada por Malaeva, se convierte en un cúmulo de pequeñas historias, un puzzle que nos muestra lo difícil que podía ser la vida tras los deslumbrantes focos de la Barcelona del pebetero humeante. Esta productora cultural fue concebida para la creación de proyectos teatrales y audiovisuales. Entre sus montajes destacan "Jódete y crece" (que volverá en Agosto al Lara), "Iris" o "Comer". La nostalgia de una época en la que todo parecía ir bien inunda la obra, marcada por ese lado oscuro en el que se mueven los personajes. 




Escrito y dirigido por Emmanuel Medina, lo que significa su debut en ambos campos. Este joven actor, al que pudimos ver la pasada temporada en "El tren de las 22:27" y que veremos a partir de Septiembre en "El funeral" (uno de los estrenos de la temporada, con Concha Velasco y Antonio Resines), nos presenta una pieza alocada de inicio a fin, en un divertido juego de personajes que entran y salen de escena a ritmo vertiginoso, con el caos típico de la gran ciudad catalana en aquel verano del 92. Este ir y venir de personajes hace que las historias se vayan entrelazando, para conseguir un coherente bloque en el que todos buscan su espacio vital.



Tras una contundente escena inicial, nos queda muy claro que el esplendor de las olimpiadas no entrará en la sala. La escena nos presenta a una pareja que debe hacer frente a su doloroso presente. El chico cumple condena por tráfico de drogas y ella intenta continuar con su vida sin dejar de ir a verle con toda la alegría que puede llegar a acumular después de cocinar para llevarle comida que él prefiere antes que a ella. Pablo Álvarez y Alba Gutiérrez son los encargados de dar vida a esta pareja que cada día que pasa se distancia más, que intentan aferrarse a una relación que se derrumba, mientras los dos se ven atrapados por una situación que no les deja avanzar.

Pablo Álvarez, al que vemos en escena mientras tomamos asiento, nos muestra a un chaval que ve como su juventud se está perdiendo, que ve las visitas de su novia como una rutina, en las que no encuentra nada que le motive. Un personaje perdido que no sabe quien es, que no sabe lo que tiene ni lo que quiere. Por su parte Alba Gutiérrez encarna un personaje que va cambiando mucho más a lo largo de la historia. Centrada en complacer a su chico en cada visita, vemos que en su fuero interno tiene muchas dudas, las cuales iremos conociendo con el paso de las escenas. 




Tras este golpe al mentón de la España del bienestar nos encontramos, tras un precioso cambio de escena en el que de la nada salen los actores para unirse en un momento de catarsis colectiva, para luego adoptar cada uno las formas de su personaje y dar al play de una vorágine que ya no parará durante el resto de la obra, con personajes que se cruzan en escena, con deportistas que aparecen y desaparecen, dando el toque olímpico, y con escenas que se superponen unas a otras creando un tetris de personajes que dejan bien reflejado lo que era Barcelona en aquella época. Una ciudad en la que los taxistas intentaban adaptarse a los nuevos tiempos, y los chicos tímidos se veían atrapados por las exóticas inglesas que venían a la ciudad en busca de emociones.

Así, la escena nos coloca en medio de la calle, con dos jóvenes despidiéndose. El un barcelonés tímido y recatado (interpretado por Gustavo Rojo), ella una inglesa alegre y desenfrenada (interpretada por Rocío Suárez) que regresa a su Londres natal, con la firme promesa de que volverá a verle, poniendo fecha y hora al reencuentro. Tras una fría despedida ella entra en el taxi, donde conoceremos a un peculiar taxista (enorme Luis Miguel Jara en la interpretación) que será uno de los personajes que marcarán el devenir de la historia



De la unión de estas dos escenas iniciales nace uno de los momentos más divertidos de la obra, en la que todas las historias se cruzan, sus caminos toman giros inesperados y comenzamos a ver como aquella ciudad sufría las mismas penurias que cualquier otra. En una parada de autobús coinciden el tímido chico encarnado por Gustavo Rojo, con la novia del preso (La más que interesante interpretación de Alba Gutiérrez), que ha perdido el bus y no llega a la visita para poder ver a su novio. Esta desafortunada coincidencia se tuerce aún más con la aparición en escena de un yonki (maravillosa la interpretación de Antonio Araque, a medio camino entre la comedia y la pena), que hará sacar lo peor de cada uno de los dos personajes.



La tercera escena de las que queremos destacar nos devuelve al taxi del divertidísimo Luis Miguel Jara, que tendrá en este caso la visita de una mujer adinerada (interpretada por Alba Sánchez) que va camino de la cárcel. La escena destila frescura de principio a fin, con dos actores sublimes que nos muestran dos personajes a los que identificamos inmediatamente y que nos dan una secuencia que nos sorprende con cada frase, con cada gesto, con una evolución que nos lleva a lugares que no pensábamos al comienzo. Una escena redonda que nos deja el momento más divertido de la obra, con un desenlace surrealista, que nos hace reír todavía más, en un tramo final en el que todo el posible.




El montaje cuenta con una parte técnica de lo más interesante. Entramos en la sala viendo como hay muchas cosas, aparentemente desordenadas, que poco a poco van entrando a formar parte del engranaje de la obra. La dirección artística corre a cargo de Carlos Rodríguez, el diseño de luces de David Elcano y la escenografía del taxi (recuperable para una obra en la que sea personaje principal) es de Arte y Ficción. Por su parte, la voz de la radio es Irene Soler.



El montaje es un interesante proyecto, en el que se usa como escenario de fondo la Barcelona olímpica pese a no tener nada que ver con el desarrollo de los personajes. Un montaje que se caracteriza por lo bien entrelazado que está todo (la coreografía es de Carmelo Segura), por la generosidad de un elenco que entra y sale de escena, que saben que hacer en cada momento de la historia, que ponen cuerpo y alma para que sintamos lo que les ocurre a los personajes, en una continua búsqueda de su identidad.
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Barcelona 92
Teatro: Teatros Luchana
Dirección: Calle Luchana 38
Fechas: Viernes a las 22:30.
Entradas: Desde 9€ en teatrosluchana, atrapalo. Hasta el 31 de Agosto.


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