Teatro: "Vía muerta" en Sala Mirador

Las deportaciones masivas, dejar a la deriva a miles de seres humanos, la miseria, el hambre. Quitar todo atisbo de esperanza, ilusiones y sueños a personas que únicamente quieren huir de una guerra, de genocidios alimentados por y para el capital, personas que se separan de sus familiares con la esperanza de algún día volverse a encontrar. El pilar fundamental de las políticas migratorias de la Unión Europea parecen en muchos casos alejarse de los seres humanos, ver el mundo desde una atalaya y vislumbrar el horizonte en toneladas de petróleo o flujos económicos, donde la vida de un ciudadano europeo vale más que la de otro cualquier ser humano. En cualquier caso, si esto último les aleja de la obra que les vamos a contar a continuación, tengan en cuenta que como ya decía Bertold Brech "Ahora vienen por mi, pero ya es demasiado tarde".




Parece impensable como toleramos y hemos normalizado que las instituciones europeas vean a las personas migrantes como mercancías, como elementos perniciosos y dañinos. Hemos asimilado como normal que se sitúe al migrante como un "ser ilegal" en comparación con el tráfico de drogas o el tráfico de armas. Hemos dejado de ver a seres humanos, con dramas humanos, con poblaciones desoladas, jóvenes que han vivido la agresividad y el odio, les han mirado a la cara diciéndoles que no fueron ni serán nada. Sus respuestas d humanidad, de ansias de paz contra ejércitos de ocupación, señores de la guerra y líderes que nunca conocerán el concepto de Humanidad, merecen cuanto menos que les tratemos con el mayor de los respetos. Necesitaríamos toda una vida de silencio por las víctimas de las masacres que se vienen sucediendo




Sahara, Palestina, Siria, los tratos recibidos en la valla de Melilla, se han convertido en fondo habitual del telediario minutos antes de que nos hablen de los millones que ganan o dejan de ganar Cristiano Ronaldo o Messi. Algo tan espantoso, señores, como que han conseguido algo terrible, hemos normalizado el dolor humano.

Obras como esta nos hacen pensar, reflexionar, ponernos en el lugar del otro y empatizar con la tragedia humana que se está viviendo tan cerca. Una obra que debería ser emitida en la cadena pública en prime time, en las escuelas y universidades, en los centros culturales. Porque no todos los días tenemos la oportunidad de ponernos en la piel del otro.




Carlos Olalla presenta un texto universal e íntimo, ¿Cómo conjugar estos dos adjetivos? Olalla lo ha conseguido a la perfección, con un texto del que se siente hermano del resto, no se trata de un texto respetuoso, más aún es un texto amigo, confraternizador para con sus iguales. Es universal porque es un grito a la rebeldía, a romper el paroxismo que asola nuestra sociedad y a romper muros y fronteras y a decir basta a las injusticias que estamos viendo sentados en nuestros sillones europeos. Una historia basada en las noticias, la prensa, la realidad... y la propia vida. Entendiendo que el teatro no puede permanecer impasible ante la deliberada política del olvido a la que las personas refugiadas son hoy sometidas. Un texto al que dar gracias, por mojarse en nuestro tiempo contra las injusticias humanas



Eva Egido Leiva, actriz, dramaturga, productora teatral y docente, conocida por obras como "De viajes y leyendas" o "Agua de lluvia" entre tantas otras, dirige de un modo magistral esta bella puesta en escena. Acompañada del que no podía haber sido mejor elenco, activistas, luchadores por la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión y actores sin miedo a plantar cara al sistema sin importarles listas negras, o simpatías masivas. 

Tres actores de excepción para contar una historia habiendo estado tan cerca de los lugares de conflicto, lo que hace que no hayan tenido que estudiar e interiorizar un personaje, sino que se han sentido tan cerca de la represión y el horror del conflicto que nos muestran una realidad sin fisuras. Actores con una absoluta comunicación en escena, donde sólo con una mirada fueron capaces de transmitir las sensaciones y las emociones. Lograron que sintiésemos la angustia, la rabia y la impotencia, caracteres que Egido ha sabido moldear a la perfección, como una coreografía de emociones.


Entramos a la sala desconcertados sin saber muy bien porque esa violencia, si estábamos tranquilos y nada había ocurrido, y es aquí donde comenzamos a entender que muchas personas en el mundo, estaban un día como nosotros esperando para entrar al teatro quizás, y un ejército armado llegó para encerrarles y tomar su vida como trofeo. Así pasamos la función, encerrados, sin conocer el motivo.

Un antidisturbios en la frontera, interpretado por Willy Toledo, vigilará cada movimiento de las personas refugiadas. Toledo, conocido por obras como "Alejandro y Ana" o la más reciente y excelsa "El Rey", de la que pronto podremos ver su versión cinematográfica, laureado por varios de sus trabajos en cine como "After" o como protagonista de series como la actual "Psiconautas", con la que no pararás de reír desde el humor más inteligente. Pero por encima de todo esto, Toledo es un activista, un luchador por los derechos humanos, que alza su voz contra las injusticias. En el movimiento por la recuperación de la memoria histórica de las víctimas del franquismo, en las marchas por la dignidad o allí donde se le llama para colaborar, siempre tiende su mano. En este caso se pone en el otro lado, viendo la realidad detrás de un casco de antidisturbios, y con una porra en la mano, con su cabeza en sus problemas familiares, el podrá el nerviosismo y la angustia de no saber muy bien que hace allí o de quien exactamente debe recibir órdenes, como él dirá "unos señores".



Se encontrará con una pequeña niña, interpretada por Elena Olivieri, co-directora de la compañía La Inestable Kourel, formada por migrantes del barrio madrileño de Lavapies. Ha dirigido obras como "El hombre submarino", "Qué creen que es mejor" o "Tengo miedo", haciendo del teatro una herramienta de cambio y convivencia transformadora. Esta niña será la única capaz de mirar al guarda a la cara sin importarle el uniforme ni el escudo que lleve, y expresarle que nada tiene sentido. Le formula preguntas vitales como las que aporta la inocencia y la inexistencia del miedo adulto, generando en escena una hermosa complicidad entre ambos. Ella se acerca a los hierros donde estamos encerrados queriendo jugar, mientras el guarda nos trata como si fuésemos fieras. El miedo y la ira vital del guarda trasladada a otros seres humanos que de nada tienen culpa, siendo este un mero esbirro de intereses que nunca será capaz de entender, porque no hay sentido que los sostenga.



Carlos Olalla es un actor, director y dramaturgo, del que sería imposible enumerar todas las obras de teatro y películas en las que ha trabajado, por ese motivo en su caso les dejaremos con la frase que mejor define su carrera "Todo cuanto retuve lo perdí, sólo me queda lo que di". En este caso, Olalla interpreta a un médico que se ha visto encerrado en la frontera por la que quiere pasar para ver a su familia que se encuentra en Alemania, tiene la esperanza de que algún día, más temprano que tarde, todos puedan pasar. Una hermosa historia vital con la que empatizaremos, y le acompañaremos sin perder ni uno solo de sus gestos. Tiene varias ilusiones, como conocer a su nieta, ha dejado de recibir cartas y él tampoco las escribe ya. Una magistral interpretación por parte de Olalla, que será la templanza y la calma entre el horror. Existe un momento mágico en el que mantendrá confidencias con un miembro de Pallasos en Rebeldía. 

Iván Prado, un artivista y comprometido actor que utiliza la risa como elemento de denuncia social, y es que nada le molesta más al poder que la alegría. Payaso internacional, formador y director de clown, es el director de varios festivales como Festiclown, Magiclown o Firaclown, y miembro de Pallasos en Rebeldía, nos mostrará la labor que vienen desempeñando en las zonas de conflicto, y nos hará desconectar durante unos minutos del duro trasfondo de la historia que nos presentan, nos hará partícipes y colaboraremos con él desde su entrada en escena.





La escenografía, creando claras separaciones físicas y emocionales entre el guarda y los refugiados, de la mano de Carlos Olalla y Rubén Vejabalbán, también encargado del sonido y la iluminación, generando diferentes espacios y situaciones que de esta una obra redonda, en la que viviremos una montaña rusa de sensaciones.
No les diremos si pudimos salir o no, si se rompieron los muros, si el guarda volvió a casa o si el médico pudo conocer a su nieta. Les pedimos que reflexionen, que se animen a ver propuestas necesarias como esta y que empaticen y sean capaces de ponerse en la piel del otro, como lo hicimos nosotros, que pongan su granito de arena y al menos entre todos tratemos a todo el mundo como lo que somos, seres humanos, porque ninguna persona es ilegal.

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Vía muerta
Teatro: Sala Mirador
Dirección: Calle Doctor Fourquet 31
Fechas: Viernes y Sábados a las 20:00, Domingos 18:00 y a las 20:00. 
Entradas: Desde 12,00€ lamirador. Hasta el 3 de Junio.



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