Teatro: La familia NO en el teatro Fernán Gómez (Centro Cultural de la Villa)


El tiempo parece haberse detenido una noche estival, en mitad de un viaje con destino a una playa, al igual que el coche en el que transitan cuatro hermanos a los que sus padres descuidan para ir a hacer unas compras a una gasolinera cercana. Pero la detención del vehículo origina el comienzo del viaje, atemporal y transitorio de los cuatro pequeños hacia lo más profundo de las relaciones familiares, paternales o fraternales. Un viaje sin límites con continuas regresiones a la madurez y a la infancia y marcado por el peso del paso del tiempo, de los cambios que provoca en el propio ser y sin que uno se dé cuenta esas huellas del transcurso de la vida y de cómo somos a los ojos de los más cercanos, los que nos conocen casi mejor que nosotros mismos.




La vida pasa por determinadas fases en las que, en función de la edad, unas u otras personas se vuelven el eje, el centro de uno mismo. La adolescencia está ligada a los amigos, el inicio de la madurez a los compañeros de trabajo, luego a la familia propia, los hijos… Pero en la infancia es evidente que los padres son la figura esencial, los que, en cierta medida y de uno u otro modo, influyen de manera decisiva en el devenir de cada uno de nosotros.

Esta historia, que enternece por la visión infantil con la que, a veces se cuenta, hace pasar al espectador por distintos estados emocionales viajando desde la risa a carcajada limpia en determinadas escenas, como la que marca el comienzo de la historia, avanzando por la empatía hacia los cuatro hermanos que protagonizan esta reflexión sobre la vida y llegando incluso a la compasión por cada uno de los pequeños que a veces se salpican esa carga infantil para, como adultos, gritar en voz alta verdades como puños que sobrecogen, pues son verdades comunes a todos y que, quizás, pocas veces nos paramos a meditar.


La atemporalidad o la deconstrucción temporal es un elemento de continua aparición en la pieza pues los personajes fluyen entre la infancia y la madurez contraponiendo con una dureza sobrecogedora las emociones que una persona tiene en las distintas etapas de la vida y la distinta manera de afrontar los problemas. Se podría decir que se trata de una reflexión desde distintas edades de una misma persona sobre lo que somos, lo que significa una familia y cómo influye el crecimiento en la personalidad y en esas relaciones familiares, o más bien, fraternales, en las que la diferencia de edad con los demás determina el rol que cada uno ejerce.

Los hermanos Fabia, Jacinto, Emilio y Eva van de vacaciones con sus padres, todos en el mismo coche, como el que más y el que menos ha hecho alguna vez de pequeño. Un viaje, el de irse de vacaciones, que se convertía en toda una aventura, con unos padres nerviosos por la duración del trayecto y la paciencia con la que sus hijos se lo tomarán, unos hijos deseando llegar al destino para repartirse camas o habitaciones y en muchas ocasiones peleándose en los asientos de atrás del vehículo… Pero la historia de estos cuatro hermanos no acaba con las riñas por la repartición de los espacios para compartir en el lugar elegido para las vacaciones, sino que acaba en la cuneta de alguna carretera, una noche cualquiera de verano, bajo un cielo estrellado en el que las reflexiones, meditaciones y confesiones entre ellos y de cada uno por su lado traspasan la cuarta pared y se convierten en reflexiones que el propio espectador se calza, haciéndole despertar cierta melancolía y cierta nostalgia de otros tiempos pasados mejores en los que la inocencia ocultaba ciertos aspectos de una realidad cruda y dura como la vida misma.


La Familia No es una obra completa, que proporciona al espectador la satisfacción de contemplar, en un escenario casi siempre marcado por una luz tenue, la evolución, el crecimiento y la madurez de estos cuatro hermanos que, marcados por el abandono provocado por sus padres, que los dejan solos para ir hacer unas compras a una gasolinera cercana de la que parecen no volver, los hacen cuestionarse si la felicidad en la que parecían vivir, ese mundo de hadas, dragones y princesas, se podrá alargar para el resto de sus vidas o si, por el contrario, el lance de esa veraniega noche cambiará sus vidas para siempre, y no sólo en la relación con sus padres, si es que vuelven, sino entre ellos mismos. 

Los niños pelean, riñen, disputan entre ellos para ver quién es el mejor para sus padres, quién tiene que llevar la razón ante un confrontamiento de ideas, quién es el que tiene que llevar la voz cantante y tomar decisiones cuando no hay un adulto cercano, los niños juegan, lloran sin miedo a hacerlo, pero al igual que se pelean entre ellos y lloran, se reconcilian sin rencores, ríen a carcajadas y viven la vida de manera intensa y sin frenos. Esta historia tiene un poco de todos esos comportamientos infantiles, pero tiene también mucho de madurez, de pensamientos profundos del ser, de poesía deliberativa, hasta de música y voz que trata de, en algún modo, seguir enmascarando el hecho de que nos hacemos adultos, de que algún día dejaremos de jugar, al menos con muñecos y juguetes y de que las cosas, en un momento al que hemos llegado sin darnos cuenta, ya nunca volverán a ser como eran. 


El juego eterno de los niños permite a los cuatro personajes interpretar, cada uno en su momento, a algún personaje mayor (su padre, su madre, ellos mismos…) y es ahí cuando el trabajo de interpretación se eleva para mostrar la calidad del mismo, porque es difícil interpretar el papel de un niño de 6 a 10 años, tanto a nivel corporal como a nivel gestual e intencional, pero es más complicado cuando hay que dotar a esos pequeños personajes de una carga emocional tan fuerte, de una transgresión hacia lo “maliciosamente” adulto, en contraposición con esa inocencia infantil de la que hablaba antes. Y luego está la ternura, el amor con el que los cuatro niños comparten esos momentos de incertidumbre y miedo a lo desconocido, a la aceptación de estar solos y de sentirse, por primera vez quizás, totalmente desprotegidos. 

El director de orquesta de todo este conglomerado de sentimientos es el polifacético Gon Ramos. Suya es una dramaturgia experimental pero cuidada hasta el detalle más pequeño y suya es también la conducción del elenco hacia lo que él quiere conseguir de cada uno de los personajes, hacia el entresijo de emociones que cuatro niños presuntamente abandonados por sus padres ponen al servicio de los que contemplamos atónitos el devenir de los acontecimientos.  Gon estrenó La Familia No en el festival Surge 2018, y de ahí catapultado hasta el Fernán Gómez. A pesar de su juventud, pues no pasa de los 30, ya ha visto algunas de sus creaciones dramatúrgicas como las recientes Yogur Piano y Un cuerpo en algún lugar, en las que también ejerce como director, en teatros como el Pavón Kamikaze o el Valle-Inclán. Comenzó sus estudios de interpretación en Madrid en el laboratorio teatral William Layton, y de ahí sus pasos lo llevaron a Buenos Aires, donde comenzó su carrera, primero como asistente de dirección y luego como director. Ha participado, como actor, en obras de teatro como El tiempo de soltar palomas (donde también fue co-autor) o Bodas de sangre y cuenta con una experiencia de haber dirigido tanto en Argentina como en España. Su participación en cortometrajes y cine se unen a su amplia experiencia en el mundo del teatro.


La interpretación corre a cargo de un elenco en el que sorprende ver cómo los actores de mayor edad interpretan el papel de los hermanos menores en la familia, efecto sin duda buscado por la dirección para dotar de una mayor alteración de la realidad a su creación. 

Los hermanos mayores son Fabia y Jacinto, de 9 y 8 años respectivamente, interpretados por Fabia Castro y Jacinto Bobo. Los hermanos pequeños, Emilio y Eva, de 6 años, son interpretados por Emilio Gómez y Eva Llorach. Entre todos, con un trabajo interpretativo muy meritorio, logran transmitir sus emociones, sus miedos, tristezas y su sentido del humor con una gama de recurso técnicos (voz, cuerpo, gestos, proyección…) exquisita. 


Jacinto Bobo es Jacinto, el mayor de los chicos y el que, quizás por ser chico, parece ser a veces el que lidera y a la vez protege a sus hermanos. El desparpajo con el que Jacinto entra y sale de la mente del niño es brutal. La ternura con la que trata a sus hermanos, haciendo rabiar a los más pequeños, idolatrando a la mayor y asumiendo su papel de líder obtienen como resultado la admiración del público hacia un papel que lo hace recrearse incluso cantando. Jacinto, sevillano de procedencia, debuta en teatro en 2010 tras su paso por alguna producción cinematográfica (Plan de Fuga). La ganadora de dos Goyas Grupo 7 supuso su salto a la gran pantalla. Después ha pasado por varias series y programas de la televisión andaluza y nacional (Velvet, Allí abajo) y sigue sumando proyectos a su experiencia teatral (A quén le importa. El música; Crimen y Telón…).

Fabia Castro es la mayor de las hermanas, de su mismo nombre. Fabia es quizás la que se encuentra más a las puertas de abandonar la infancia y es por ello que en la noche en la que se desarrollan los acontecimientos se mantiene, por momentos, más meditabunda y apartada de sus hermanos. Fabia tiene un vínculo especial con su padre y con su madre, lo que queda de manifiesto con las profundas reflexiones de las que nos hace partícipes subida en el techo del vehículo o por tierra. Fabia es licenciada en Arte dramático por la ESADT. Cuenta ya con más de 15 proyectos estrenados en teatros de la capital y como claros ejemplos más recientes Fomo, investigación teatral del Centro Dramático Nacional o La Pilarcita, de la que pudimos disfrutar hasta hace poco en el Teatro Lara. Fabia también ha participado en series como Centro médico o La que se avecina y en películas como Abracadabra o Bajo el mismo techo además de en un amplio repertorio de cortometrajes. 


El pequeño de los hermanos es interpretado por Emilio Gómez. El trabajo hacia la niñez en la corporalidad e intencionalidad de Emilio queda de manifiesto a lo largo de toda la obra. Al ser el pequeño, es el más débil y a la vez el más rebelde, con el que sus hermanos más se meten, aprovechándose de esa vulnerabilidad pero al que más protegen y miman. Emilio, formado en Réplika Teatro, es el mayor de los del elenco y como ya comentaba anteriormente interpreta al personaje más pequeño. Lleva subido a las tablas desde principios de los 90 con más de 20 proyectos a sus espaldas, como La orestiada con el que participó en el Festival de Teatro Clásico de Mérida en su pasada edición o Some éxplicits polaroids. Al teatro hay que sumar su experiencia en televisión en series como La república o Al filo de la ley. 

Por último, Eva Llorach interpreta a la pequeña Eva. De la misma edad que Emilio es, quizás, menos curiosa que su hermano pero también más temerosa de la situación a la que se enfrenta junto al resto de sus hermanos. La capacidad de Eva para meterse en el cuerpo de la pequeña es espectacular, como también lo es la interpretación que hace de su propio padre en un momento en el que dialoga con sus hijos. Llorach, actriz murciana completó su formación en la capital con William Layton y Juan Carlos Corazza entre otros. En cine ha trabajado en películas como Bajo la rosa o la premiada en el festival de San Sebastián en 2014, Magical Girl. También ha aparecido en series de televisión como Cuéntame o El ministerio del tiempo. 


Si la dirección es magistral y la interpretación merece la admiración del público, no menos importante es la parte escenográfica. Javier Ruiz de Alegría es el artífice de una extraordinaria puesta en escena, tanto en la propia escenografía, en la que el vehículo en el que viajan los niños y que se va descomponiendo o mutando al igual que los pequeños, es el elemento principal, como en la iluminación. Un elemento, el coche, en constante movimiento como las mentes de los personajes, que gira y da vueltas para recrear escenas bellísimas. Siempre apoyado por una iluminación exquisita con una nocturnidad que da aún más profundidad a las reflexiones de los protagonistas y apoyados por un muy buen acompañamiento melódico para dotar a los momentos de mayor carga emocional de un insondable calado sentimental que pone, por momentos, los pelos de punta, la familia No es una propuesta experimental con un resultado más que digno de ser contemplado, pues no dejará a nadie indiferente.
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La familia NO
Teatro: Fernán Gómez (Centro Cultural de la Villa)
Dirección: Plaza de Colón 4
Fechas: Del 14 de junio al 8 de julio. Martes a sábados 20:30. Domingos y festivos 19:30. El 7 de julio no habrá función. 
Entradas: Desde 13€ en Teatrofernangomez.es.


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