Teatro: Óscar. O la felicidad de existir en la Sala Arapiles

Óscar, el héroe de esta bellísima historia es, en palabras del propio director, “el mejor antibiótico y sin efectos secundarios para todos aquellos que están un poco hartos de la vida”. Pocas veces, tras contemplar una obra encima de un escenario, sale uno de la sala que alberga a sus personajes con el corazón tan encogido y a la vez tan reconfortado, y es que es ésta no sólo una historia que cuenta la vida de un niño particular, sino que es toda una enseñanza de vida, toda una lección de esperanza, en especial para los adultos que perdemos, a veces, la ilusión por vivir.

Óscar. O la felicidad de existir es un canto a la vida y a la imaginación, una oda a la amistad y al amor, a la pureza y vitalidad de la infancia. Un cuento, ya que es contado por un niño, que recuerda mucho a La Vida es Bella en la dureza de lo que ocurre y en la belleza con la que sus personajes afrontan esa dificultad.





Al apagarse las luces, al final de la obra, la casi totalidad del público asistente se levanta, sin dudarlo, para aplaudir un trabajo, a mi modo de ver, colosal en todos los sentidos: interpretativo, de dirección, escenográfico, de iluminación y sonido, etc. Aplausos y más aplausos sepultan el silencio por el miedo a tener que abandonar la sala, a desconectarse de la historia que cautiva a todos durante hora y media, con el alma en vilo pero con la sonrisa de haber recibido una auténtica lección sobre cómo dimensionar los problemas y sobre cómo abordarlos, siempre con positividad y sin perder la esperanza y la alegría.

La mirada de un niño sobre los problemas de la vida es siempre digna de ser estudiada, máxime cuando esos problemas lo atañen a él mismo. Óscar es un niño de diez años hospitalizado por padecer leucemia. Desde el principio, el pequeño es consciente de la gravedad de su enfermedad, de los resultados que va dando su tratamiento y de su situación y afronta su destino con valentía y su enfermedad de frente, sin darla de lado. Esta esperanzadora actitud se contrapone con la de sus padres, que huyen del dolor que les provoca la situación en la que se encuentra su hijo y no se enfrentan al problema sino que huyen de él ocultándole a Óscar la información que los médicos les van ofreciendo.


Sin embargo, ante las contadas visitas de sus padres y esa opacidad en la  comunicación con los mismos cuando están con el pequeño, Óscar encuentra en sus compañeros de hospital, niños en su entorno de edad con diferentes enfermedades, y sobre todo en Mami Rosa, la voluntaria con una inquebrantable fe cristiana que visita al enfermo todos los días, el apoyo humano que necesita para dar color a una serie de días grises, la persona en la que confiar en esos aciagos días y de la que recibir el calor y el amor necesario en un niño que, a pesar de su madurez y de cuestionarse todo tipo de comportamientos como si fuera un adulto, no deja de estar aún en la más tierna infancia. Se forja entre ellos una amistad pura y bella en la que Mami Rosa tratará de endulzar, por medio de la fantasía y el humor, el camino de Óscar durante su estancia en el hospital proponiéndole una especie de juego para cargar de optimismo la trágica dureza que rodea la vida de éste.



Las situaciones por las que pasa el protagonista de esta historia son singulares y desatan tanto las sonrisas del público como alguna que otra lágrima, y eso es, precisamente, lo especial de esta obra, la capacidad que tiene de ir introduciendo poco a poco a Óscar y al resto de personajes en el corazón de los que contemplamos el transcurrir de escenas desde el patio de butacas. Las cartas que nuestro héroe escribe a Dios al finalizar cada día (cada escena) por recomendación de Mami Rosa enternecen de tal manera el alma que el pequeño roba un trozo de los corazones de los espectadores durante toda la trama. Es uno de esos típicos personajes de toda novela, película u obra de teatro que, por su bondad, ternura e inocencia, se queda a vivir en lo más hondo de cada uno durante mucho más tiempo del que dura el espectáculo.

Oscar et la dame rose es el título original de la obra, escrita por el francés nacionalizado belga Enric Emmanuel Schmitt y traducida a nuestro idioma por Juan José de Arteche. Pretende el dramaturgo hacer un viaje por la espiritualidad cristiana a través de los ojos de un niño, lo que recrea en otras obras suyas con otras religiones como protagonistas (el budismo en Milarepa, el sufismo en El señor Ibrahim y las flores del Corán y el judaísmo en El hijo de Noé). 



La dirección corre a cargo de Juan Carlos Pérez de la Fuente, un trabajo más que notable en el que se nota que entiende perfectamente y adora al personaje creado por Schmitt y que sabe transmitir a Yolanda Ulloa, única intérprete, la esencia no sólo del pequeño enfermo sino de cada uno de los personajes a los que ésta da vida. No en vano, ya estuvo en la dirección de este proyecto en el año 2005 con Ana Diosdado en esta ocasión. Idea suya es también el espacio escénico, sin excentricidades pero moderno y muy visual, aportando fuerza al resto de elementos de la obra. Juan Carlos, que se inició en la andadura teatral allá por el año 1982 cuenta a día de hoy, tras haber estado al frente del Centro Dramático Nacional y el Teatro Español, con más de una treintena de obras bajo su tutela, con lo que su experiencia es vasta en este ámbito y su saber hacer se nota en este trabajo sobre el escenario.


La interpretación, como ya he comentado, corre a cargo de una única e inconmensurable actriz, Yolanda Ulloa. Es espectacular cómo ella interioriza la esencia de Óscar, su vitalidad, su energía y su positividad y alegría. Pero si sorprendente es el trabajo, tanto corporal como de voz y de contención que hace con Óscar, más sorprende aún el hecho de que en ningún momento se eche de menos a otro actor en escena, pues la maestría con la que sale del alma de pequeño hospitalizado para dar vida a Mami Rosa, a Peggy Blue (la novieta del protagonista) y al resto de personajes, tanto adultos como niños, es digna de ser alabada. La complejidad de adoptar con esa naturalidad las diferencias en comportamiento, movimientos corporales, actitudes y voces entre los distintos personajes y la dificultad para entablar diálogos y conversaciones ella sola en escena así como hacer, a veces, de narrador en la mente del pequeño y del resto de interlocutores es tal que Yolanda se mete en el bolsillo al público que asiste, atónito, a este inmejorable trabajo de interpretación. Y es que sólo con verla caminar ya se descubre, a veces, si es Óscar el que comenzará a hablar o si es alguno de sus compañeros de hospital.

No es fácil dar vida a un niño por los movimientos, inquietudes, manera de hablar y de expresarse, tan distintos a los de los adultos, pero es que Yolanda interpreta a un total de once personajes distintos, de los cuales, seis son niñas y niños de índole muy variada. El espectador contempla cómo pasan por las distintas escenas los amigos de Óscar: Bacon, Popcorn, Einstein, “La China” y Peggy Blue, Mami Rosa, sus padres, el doctor Düsseldorf y las enfermeras. Bravo por ese trabajo que es casi como un monólogo con distintas voces, con distintas almas.



Yolanda ya participó en la interpretación de El Libertino, del propio Schmitt, en el teatro de la Abadía allá por 2003. No es una actriz que pase desapercibida en el panorama teatral, televisivo y cinematográfico español puesto que ha participado en diferentes series como Cuéntame, Tierra de Lobos u Hospital Central y en películas como La decisión de Julia. En teatro se ha paseado, de la mano de distintas compañías, por los principales teatros de Madrid y también ha participado en proyectos en la capital británica. Como último trabajo, la pudimos ver el pasado otoño en la pieza El Barrio de las Letras en el Teatro de la Comedia con la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Habiendo hablado de dramaturgia, dirección e interpretación, nos queda el resto de elementos que el público contempla al entrar en la sala Arapiles 16. La escenografía se caracteriza por su originalidad e innovación y cobra un papel fundamental para entender el transcurso del tiempo y la cronología de la historia. No encontramos demasiados elementos en el atrezo, pues no resulta necesario para captar la atención del espectador. 


José Manuel Guerra es el encargado de la iluminación, que juega un papel fundamental en los ágiles cambios de escena. Sorprende la utilización de las dos columnas laterales en dos de las escenas que, hasta ese momento, permanecen en el escenario sin aportar nada, pero que llaman la atención del espectador cuando pasan a formar parte de la historia. La música, a cargo de Tuti Fernández, es exquisita y muy acorde con los sentimientos que el conjunto de la pieza transmiten al espectador.

No puedo dejar pasar la oportunidad de felicitar al que haya tenido la gran idea de haber preparado la entrada a la sala con unos detalles que, quizás pasan desapercibidos al entrar (sobre todo si uno no va con mucho tiempo) pero en los que, de seguro, se repara en la salida. No hay mejor opinión o crítica que la del propio espectador con el sabor de lo que acaba de percibir aún en la boca.



Óscar. O la felicidad de existir es de esas obras que uno no debe perderse, tanto si es un amante de la vida, de los que aprovecha cada momento al máximo como si uno está en días bajos o siente que el pesimismo lo rodea sin saber muy bien por qué. Las reflexiones del pequeño y sus palabras hacia Dios, la invención y el coraje de Mami Rosa, el dolor de los padres, el oscurantismo del doctor y la inocencia y alegría de los compañeros de habitaciones de nuestro enfermo preferido harán las delicias del espectador, que ansiará poder abrazar a Óscar y alentarlo con su calor.

Una lástima que haya acabado su programación en la sala Arapiles 16, pero si quieres disfrutar de un cántico al positivismo, a la belleza de la inocencia en estado puro y al ansia de vivir, permanece atento a la cartelera de Madrid porque esta obra no merece otra cosa sino estar en cartel para poder seguir aleccionando a todo aquel que tenga la dicha de asistir a contemplarla.



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Óscar o la felicidad de existir
Teatro: Sala Arapiles
Dirección: Calle Arapiles 16
Fechas: Del 18 de enero al 25 de febrero. Jueves a sábados 20:00. Domingos 19:00. Ya no en programación. 
Entradas: no disponibles

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