Teatro: "El concierto de San Ovidio" en el Teatro María Guerrero

La crueldad humana se ve más cuanto más indefensa es la persona agredida. Siempre hay que desconfiar de esos grandes aristócratas que de forma altruista quieren ayudar a los más necesitados, ya que en la mayoría de los casos (esperemos siempre que alguno lo haga a conciencia) tienen un interés oculto bajo la careta del buen samaritano. No hay peor ciego que el que no quiere ver, pero en este caso son los pobres ciegos los que se dejan llevar hacia una farsa de la que serán inocentes protagonistas sin saberlo.




La temporada pasada se conmemoraba, con más pena que gloria a efectos de cartelera, el centenario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo, considerado el dramaturgo español más importante de la segunda mitad del siglo XX y único autor teatral galardonado con el Premio Cervantes. Tras el intento de Ernesto Caballero por llevar el pasado año a las tablas "El tragaluz" (por estar en desacuerdo con el hijo del autor), este año se le da cumplido homenaje con esta nueva versión de "El concierto de San Ovidio", que ha coincidido en cartel con otra obra del autor, "En la Fundación", programada en el Conde Duque y realizada por La Joven Compañía.




Esta nueva versión corre a cargo de Mario Gas, que la vio cuando tenía quince años y quedo asombrado con esta "historia de superación, de amor y desamor, de asesinato y lucha de clases". El prolífico director se vio muy atraído por la "atemporalidad de una historia que habla de la explotación y la lucha por la libertad". Articulada en tres actos, esta parábola sobre la explotación del hombre por el hombre es una de las obras más emblemáticas de Buero Vallejo, que no se representaba desde que la dirigiera Miguel Narros hace treinta y dos años.

Como todo lo que hace Mario Gas, este montaje tiene la consistencia y el empaque de las cosas bien hechas, mimadas y tratadas con minuciosidad hasta el mínimo de detalle. Aún resuena en la mente de todo el que tuvo la suerte de ir a verla, la impactante versión de "Incendios" con la que el director nos deleitó hace dos temporadas. Obras como "Un tranvía llamado deseo", "Sweeney Todd", "Invernadero" o "Follies" nos da una ligera idea de la polivalencia de este genial autor uruguayo, que además de dirigir es un reputado actor (lo pudimos ver en "Julio César" hace cuatro temporadas) y actor de doblaje.






La obra es uno de los dramas más intensos y profundos del genial Buero Vallejo, con una brutal crítica social "escondida" en la trama. Nos muestra la crueldad del ser humano hacia el prójimo, en una genial trama en la que sólo uno de los personajes, David, parece darse cuenta con antelación de lo que está pasando. Basado en un hecho real acaecido en París en el siglo XVIII, el autor utiliza la desvergüenza del ser humano para hacer una ingeniosa crítica que ha llegado, desgraciadamente, con todo su vigor hasta nuestros días, en los que los ciegos de la obra pueden ser el reflejo de parte de nuestra sociedad

Corre el año 1771 en un hospicio de París (El hospital de los Quince Veintes), cuando el negociante Valindín (interpretado por el contrastado Jose Luis Alcobendas) llega con toda su "buena fe" a proponerle un interesante asunto a la monja que regenta la institución. Estaría muy interesado en contar con seis de los mendigos ciegos que viven allí para tocar instrumentos musicales en la fiesta de San Ovidio, a cambio de doscientas libras. Lo que al principio parece un acto de generosidad por parte de Valindín, en el que los ciegos creen haber encontrado un salvador, resulta ser un vil acto de codicia, en el que quiere utilizar a los invidentes para ridiculizarlos y sacar beneficio económico de la situación.



Para Jose Luis Alcobendas, la obra es de absoluta actualidad, ya que "se escribió durante una dictadura. Hoy la compartiremos con un público en el contexto de una democracia engañosa o desvirtuada. Hemos cambiado en muchos aspectos, pero nos seguimos emocionando con las mismas cosas. Buero nos cuenta una historia y a nosotros, espectadores, se nos ofrece así la posibilidad de confrontarnos con aspectos fundamentales de la vida, esos que no caducan, que son universales: la dignidad, el respeto, el amor, la justicia, la igualdad, la esperanza en el futuro... Casi nada. Por eso, obras como esta no solo tienen vigencia, diría que, además, tienen urgencia".




Para esta versión, Gas cuenta, además de con Alcobendas, con otros 13 actores para interpretar a los 28 personajes de la obra de Buero Vallejo, por lo que ha recurrido a videoescenas en momentos puntuales para hacer más fluido el montaje. Gas hace de la lucha entre David y Valindin un interesante juego de sombras que se convierte en duelo encarnizado según avanza la obra y David va descubriendo lo planes del "interesado" Valindin. Alberto Iglesias es el encargado de dar vida a este David sólido, con una interpretación llena de matices, con una fuerza que le va empoderando de su razón, con una persipicacia que que le hace adelantarse siempre a la situación. Por su parte, Alcobendas es un odioso depredador, maléfico, embaucador, hombre de doble moral que sólo busca su propio beneficio en todo momento. Una interpretación contundente y llena de dobleces, todas las que el personajes intenta urdir para engañar al resto de personajes.

Interesante y contundente es también el papel de Lucía Barrado como Adriana. Un personaje que estuvo viviendo como los ciegos, en las calles, supo lo que era pasar hambre, y nos muestra una evolución muy interesante, que la lleva a ser casi la canalizadora de lo que ocurre en la historia. Interesante interpretación cargada de matices, de la fiera a la bravura, de la pecadora a la santa, convirtiéndose en elemento esencial de la trama, por protagonismo del personaje y por contundencia en la interpretación.



Mención a parte merecen las interpretaciones de los actores que hacen de ciegos. Un trabajo coral majestuoso, en el que todo funciona como elenco de forma tan brillante como cuando aparecen por separado. Se nota que el director ha trabajado todo lo que concierne a la ceguera, desde el aspecto a sus movimientos, incluido la mirada perdida que tanto impresiona desde fuera de la escena. Además de este maravilloso trabajo colectivo, Gas les da una personalidad muy definida a cada uno de ellos, desde el veterano Lucas, interpretado por Ricardo Moya, al disminuido Gilberto (Lander Iglesias), pasando por el joven compungido Donato (Aleix Peña), el miedoso Elías (Agus Ruiz) o el escéptico Nazario (un maravilloso como siempre Javivi Gil Valle).

El resto del maravilloso reparto, que funciona como un reloj en todo momento, está formado por Jesús Berenguer, Mariana Cordero, Pablo Duque, Nuria García Ruiz, José Hervás y Germán Torres, todos en papeles de distinta trascendencia en la obra, que ayudan a conseguir un montaje de lo más completo, en el que parece que todo está situado en su justa medida.



Para completar este faraónico montaje, en el que todo está hecho a lo grande, Mario Gas se rodea de algunos de sus colaboradores de confianza para dar forma a una pieza ya de por si complicada, debido al número de personajes que intervienen y la multitud de lugares que se muestran. El director se basa en las premisas del teatro clásico, con pequeños guiños a la modernidad. Pero ante todo es un montaje contundente, que muestra a las claras toda la firmeza y la acidez moral del texto, desarrollando la acción dramática sin ningún adorno que nos haga desviar la atención de lo realmente importante, la historia que se quiere contar. 

Todo en esta obra está medido, todo tiene aroma a teatro con mayúsculas, desde la escenografía elegante, a una iluminación hermosa, pasando por la intensidad de tener la música interpretada en directo, lo que crea una atmósfera aún más evocadora. Todo en su justa medida para hacer del conjunto simples estructuras de apoyo para contar de una manera más directa la historia.




El único alarde técnico que se permite, y siempre por el bien del resultado, son las videoescenas creadas por Álvaro Luna, que se proyectan en los muros y que en determinados instantes ayudan a contar la historia. Imponente es la escenografía corredera de Jean-Guy Lecat, que nos deja petrificados con cada cambio, pura elegancia al servicio del resultado final. Se completa esta maravilla escenográfica con la cálida y espléndida iluminación de Felipe, indispensable para mostrar la lucha entre David y Valindin. Cabe destacar también el depurado vestuario y caracterización, obra de Antonio Belart.


Dicho todo esto, queda claro que el montaje ha quedado redondo, pero lejos de ser ese el objetivo (que entendemos que también) lo que el autor pretende mostrarnos es la falsedad humana, encarnada en la figura de Valindin, frente a la dignidad y libertad que demuestran David y el resto de invidentes. Intenta transmitirnos valores de igualdad, respeto por el prójimo, los valores de una Francia revolucionaria que sirve de "tapadera" para el tema principal de la obra, la lucha de clases, universal en cualquier época y país.
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El concierto de San Ovidio
Teatro: Teatro María Guerrero
Dirección: Calle Tamayo y Baus 4
Fechas: Martes aSábados a las 20:30 y Domingos 19:30. 
Entradas: Desde 6€ entradasinaem. Hasta el 20 de Mayo.


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