Teatro: "Vania (escenas de la vida)" en los Teatros del Canal

La vida está llena de momentos que nos marcan para siempre. En el universal texto de Chejov los personajes luchan contra su destino, contra sus pasiones, para desgarrarse al saber que nada es lo que parece, o que todo es como temían que pudiera ser. Hay momentos en los que ser valiente te pone frente a los caballos y tienes que mantenerte firme para poder hacer frente al envite de la situación. En un texto tan brutal hay poco de superfluo y mucho de las entrañas del ser humano, un crisol de personajes que nos muestran sus vidas y sus deseos antes de dar un salto al vacío que lo cambiará todo para siemrpe.





Parece difícil pensar que se puedan hacer tres versiones de una misma obra que sean tan diferentes y a la vez tan interesantes. En estos últimos meses han compartido cartelera diferentes visiones del clásico de Anton Chejov "Tío Vania" y todas ellas quedarán en la memoria colectiva como ejemplos de grandes montajes. "Espía a una mujer que se mata", la adaptación de Daniel Veronese, es el contrapunto absoluto de la versión que estos días asombra en los teatros del Canal, mientras que "Vania" de Oriol Tarrasón, que pudimos ver en el Fernán-Gómez es la más equilibrada, pero a la vez la menos transgresora.


Este montaje  parece ir a la esencia misma de la obra de Chejov. El propio autor de la obra se basó en "El demonio del bosque" (escrita una década antes) para perfilar los personajes y la historia, buscando el fondo de cada uno de ellos, huyendo de lo superfluo. Este montaje, que se denomina con muy buen criterio "escenas de vida", es un ejercicio de acupuntura teatral, de deconstrucción de la obra original para sacar lo mejor de cada personaje. Con esta "simplificación" del texto se consigue que se vea como algo mucho más universal, en donde todo de lo que se habla son realidades cotidianas en las que todos podemos vernos reflejados.



En este proceso de buscar en lo más profundo del texto, Rigola se convierte en un artesano que moldea cada personaje, que va picando en cada uno de ellos para conseguir dejar al descubierto su propio yo, unos "ingredientes" que dotan a esta pieza de un sabor único, en el que cada una de las interpretaciones destila verdad por si sola, pero que al entrar en contacto con los otros transmite la verdad absoluta del texto. Rigola ha trabajado en la búsqueda de los significantes de cada uno de los personajes, huyendo de todo aquello que pudiese distraer al espectador.


El ya ex co-director de los Teatros del Canal explica el porque de su búsqueda en lo más profundo del texto de Chejov: "Tiempos oscuros y de desengaño para el ciudadano. Todo lo que ayer se proyectaba como futuro ha quedado despojado por una realidad que sólo deja entrever desilusión y tristeza. Un siglo después, el texto de Chejov nos permite reflexionar sobre la pérdida de rumbo como si hasta ahora no hubiésemos aprendido nada". Una visión casi apocalíptica sobre el mundo en el que vivimos, lo que le ha llevado a crear una experiencia teatral en la que todo es concebido para formar parte de un todo único, desde la distribución de los espectadores, hasta el recinto mismo en el que se desarrolla la obra.




La propuesta de Rigola es memorable desde la propia concepción del montaje hasta el montaje final. El espacio se muestra al espectador como una oscura caja a la que se nos guía por una especie de camino, trazado para la ocasión, buscando en todo momento las sensaciones que desea el autor transmitir en cada momento. La caja en la que entramos es un deslumbrante espacio de madera de pino que casi nos sorprende al entrar. Pese a las pequeñas dimensiones (unos seis metros por ocho) el espacio no resulta claustrofóbico (gracias a que permanece abierto por su cara superior), más bien nos encontramos en un lugar muy acogedor. El espacio escénico creado por Max Glaenzel es, pese a la sencillez, un espacio lleno de pequeños guiños al universo Chejov (el bonsai, el poster de Tornasol...). La caja de madera, con la disposición en L de los asientos para el público, como símbolo de la cabaña, el hogar, un lugar íntimo en el que las personas se desnudan y ofrecen su verdadera imagen, lejos de los "postureos" exteriores.



Una obra pensada para que la disfruten 60 personas, espectadores privilegiados, vouyers convidados a espiar las intimidades de unas personas que conviven en un pequeño espacio. Espectadores que se convierten en partícipes del montaje, por la cercanía y por el trato directo de los actores hacia ellos. Despojados de todo artificio, interpretes e "invitados" se muestran tal como son. Un par de sillas, una guitarra, un pequeño bonsai y un poster del profesor Tornasol, son los únicos elementos que se necesitan para dar vida a este peculiar "hogar".



Esta producción (en la que han participado los teatros del Canal y el Festival Temporada Alta) casi artesanal, se moldea desde todos los puntos de vista. Cada elemento está tratado con una singularidad y una minuciosidad ejemplares. Rigola cuenta con Lola Blasco como dramaturgista (figura poco utilizada en el teatro español pero muy arraigada en Centroeuropa) en este proyecto que se basa en la búsqueda de la verdad escénica dramatúrgica y actoral, despojando a la escena de todo lo secundario para mostrar sólo la esencia del texto de Chejov.


La función huye de la grandilocuencia del texto original, de su emotividad y su juego dramático, para desarrollarse de modo mucho más moderado. En esta versión los personajes, en un intento por hacer más "acogedora" la propuesta, hacen las veces de narradores, optando un tono sosegado para contar su historia, casi a modo de cuento. Se huye así de la batalla, de la confrontación, para dirigirse al público para explicarles las cosas a modo de confesión, exponiéndolas de forma tranquila, bajo un ambiente reflexivo y sosegado, de calma tensa, en el que juegan con el modo narrativo e interpretativo para mantener en todo momento al espectador como uno de los miembros esenciales del montaje. Se huye de las escenas más agresivas del texto inicial para conseguir una obra marcada por la serenidad, pese al dolor y la tensión que transmiten los personajes en todo momento.


Los personajes son reducidos a la mínima expresión, apareciendo sólo cuatro de los personajes de la obra. Elenco de auténtico lujo formado por Ariadna Gil, Luis Bermejo, Irene Escolar y Gonzalo Cunill. Aunque en escena los personajes se llaman por sus nombres de pila (en un recurso más por hacer más cercano el montaje), representan a cuatro de los personajes principales del texto original: Yelena (sobrina del profesor Serebriakov, personaje que no aparece en este montaje, solo se le alude con un retrato de Tornasol), Vania, Sonia (su sobrina), y el doctor Astrov, respectivamente.


Las interpretaciones son apabullantes, y cada uno de ellos nos ofrece una serie de matices sobre el personaje original, que le da un mayor empaque y cercanía. Gonzalo Cunill nos sorprende con un personaje taciturno, un bohemio seductor que transmite amor a la vez que mantiene las distancias con sus compañeros (impactante la canción que interpreta a la guitarra, cargada de sentimiento, desgarradora). Irene Escolar hace de Sonia un personaje mucho más maduro y consciente de su situación, una complejidad que la actriz domina a la perfección, dotando al personaje de una sabiduría impropia de su edad, pero manteniendo la delicadeza y vulnerabilidad propia de una niña. Ariadna Gil nos muestra una Elena mucho más cercana, accesible y marcada por la fragilidad que la propia actriz le impone. Un personaje que varía a lo largo del montaje pero que en todo momento se nos muestra con una dulzura melancólica. Luis Bermejo nos muestra un Vania lleno de matices, que va mutando a lo largo de la obra, mostrando distintos perfiles, del dolor al cinismo, del miedo a la soberbia, de la inteligencia a la locura. Un inquietante personaje que es el único que se "atreve" a romper el tono tranquilo de la obra...


El cuadro que nos muestran los cuatro actores es simplemente maravilloso, apabullante ver la fragilidad con la que cada uno de los personajes se enfrenta a sus miedos. El trabajo de los intérpretes es apabullante, con las dosis justas de visceralidad y de control, de sentimiento y cerebral al mismo tiempo, un ejercicio de introspección que sacude las entrañas de cada uno de ellos. Vestidos con su propia ropa, los personajes huyen todo lo posible de la idea predeterminada que se pueda tener de ellos, lo que ayuda a la universalidad de la obra (muy acertado el título "escenas de la vida). Una idea esta que nos coloca a mitad de camino entre la persona y el personaje.


El espectador debe ser consciente de que se enfrenta a una experiencia teatral fuera de lo común, por lo cercano y por lo atípico de la propuesta. Una sacudida que va directa al corazón, se muestra sin aditivos, pero también sin edulcorantes que puedan hacer más "dulce" el trago. Una propuesta cargada de intensidad que se nos quedará enganchada en el alma, incluso tiempo después de abandonar el espacio escénico

Este montaje es teatro en estado puro, descarnado. Un espacio aparentemente neutro, los actores y el texto se enfrentan a los invitados sin nada que desvíe la atención, sin trucos ni artificios en los que esconderse. El montaje es una pequeña pieza de orfebrería teatral, en el que podremos disfrutar de un cúmulo de situaciones que se quedarán en nuestra retina, por su belleza y su sensibilidad.
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Vania (Escenas de la vida)
Teatro: Teatros del Canal
Dirección: Calle Cea Bermúdez 1
Fechas:  Martes a Sábados a las 19:00, Domingos a las 18:00.
Entradas: Desde 22€ en teatrofernangomez. Hasta el 7 de Enero.