Teatro: "He nacido para verte sonreír" en el Teatro Abadía


Las despedidas siempre son traumáticas y más en situaciones en que no son deseadas, o por motivos que nunca quisimos que ocurriesen. Para una madre, separarse de su hijo es como si le quitasen un poco de su propio cuerpo, como si la matasen un poco. Da igual cual sea el motivo, una madre siempre siente la necesidad de tener cerca a su hijo para poder protegerlo, en el momento en que deja de poder cumplir ese propósito, una parte de ella se desvanece, se marchita al ver que no ha cumplido con su deseo de protección.

Sin lugar a dudas el autor Pablo Messiez es uno de los referentes del teatro actual. Cada proyecto en el que participa tiene un halo de magia, de ternura, de belleza, que los hace singulares. Desde que hiciera saltar la banca con "La piedra oscura" ha ido cosechando éxito tras éxito. En esta temporada ya nos ha dejado su particular e impresionante versión de "Bodas de sangre" (se pudo disfrutar en el María Guerrero hasta Diciembre) y ahora se reponen simultáneamente dos de sus trabajos más íntimos, "Todo el tiempo del mundo" y "He nacido para verte sonreír". Para terminar este "año Messiez", el autor argentino estrenará su próxima obra "El tiempo que estemos juntos" en el Lliure de Barcelona.  



Tras el éxito apabullante de su primera temporada, en la que colgó el cartel de "no hay billetes" prácticamente a diario, vuelve al escenario del Teatro Abadía esta escalofriante historia sobre la pérdida de un ser querido, sobre la necesidad de abandonar a alguien para poder avanzar, para que ambos puedan continuar su camino. Una nueva etapa en la que Fernando Delgado-Hierro sustituye a Nacho Sánchez ("La piedra oscura", "Iván y los perros"). Delgado-Hierro se ha convertido en uno de los actores fetiche del director argentino, participando el pasado año en "La distancia" o más recientemente en "Bodas de sangre". 



Fernando Delgado-Hierro interpreta al hijo ausente, huido de este mundo hacia un lugar desconocido en el que ha perdido el contacto con la realidad. Un personaje muy difícil por su presencia muda en escena, marcado por una sobrecogedora angustia ante su propia realidad. Nunca un personaje ausente tuvo tanta presencia en el desarrollo de una historia, un personaje silencioso, inquietante, que marca el tono de ensoñación que rodea toda la obra. Un naufrago de la realidad y la cordura, que vaga a la deriva de su propia existencia. Los momentos en que el hijo se queda atrapado por la música y vuelve momentáneamente a la realidad son maravillosos.




El texto del cineasta argentino Santiago Loza nos habla de la angustia de una persona ante el misterio que cada persona encierra, en este caso su propio hijo, al que ha criado y ahora mismo no conoce. Loza, uno de los autores claves de la dramaturgia latinoamericana, nos plantea un texto denso, angustioso, que huye de las ideas superfluas y banales para ir al corazón mismo de la trama. En un vaivén de sentimientos y sensaciones, nos va mostrando la relación de ambos personajes y su posicionamiento ante la vida. Un laberinto en el que va mezclando anécdotas cotidianas, escenas del día a día, con reflexiones mucho más profundas, lo que nos mantiene un continuo estado de angustia por lo que vamos conociendo de los personajes.

Pero sin lugar a dudas el eje sobre el que gira la historia es el personaje de la madre, un personaje absolutamente contradictorio, que tan pronto odias por sus aires elitistas como adoras por su ternura hacia su hijo. Pasa de lo cotidiano a lo trascendental, de señora de su hogar a personaje de tragedia griega, cuando decide que lo mejor para ambos es alejarse de lo que más quiere. En esa dualidad se mueve toda la obra, entre ese mundo paralelo en el que habita el hijo y el real en el que permanece la madre, en su intento por entender ambas realidades




Isabel Ordaz es Miriam, la sufrida madre que debe asumir la pérdida del hijo, nada entre dos mundos, uno que le coloca en una posición de mujer altiva y desagradable, que por su condición social heredada mira al mundo desde un pedestal, y otro mundo que se desmorona, el de un ser abocado a perder lo que más quiere sin saber como evitarlo. Nos cuenta anécdotas de su vida ante la mirada de su hijo ausente, al puro estilo de "Cinco horas con Mario", presentándonos a una mujer que necesita respuestas a todos los interrogantes que le plantea la situación. Una madre en busca del perdón por no haber sabido cuidar de su hijo.

Miriam busca la mirada de su hijo en un intento desesperado de volver a ver tras esos ojos al niño que se fue, buscando un último abrazo que por un momento lo devuelva a la realidad o que al menos le haga recobrar por un instante al hijo al que vio crecer, ese que se fue para no volver, que vive en un universo particular al que ella no puede acceder. ¿Donde estás ahora? le pregunta la madre intentando buscar un hilo de esperanza que la conduzca de nuevo junto a él.



A los matices que llega Miriam de la mano e Isabel Ordaz son inabarcables en estas pocas líneas. Ordaz nos regala uno de los papeles de su vida, una gama de tonos, de dolores, de sentimientos, de agonías, que pocas actrices pueden llegar a alcanzar. Hace suyo el personaje de la madre y se lo apropia de tal manera que en el comienzo del viaje vemos a la Ordaz más cómica (muy cerca de sus papeles telivisivos) para ver como se va desmoronando mientras nos cuenta su historia, con momentos realmente desgarradores, sobre todo cuando busca en su hijo una respuesta que nunca llega. En un auténtico alarde de interpretación global nos lleva de la risa al llanto, estremecidos por cada gesto, por cada risa que se rompe al descubrir su cruda realidad.

La Ordaz nos presenta un personaje en permanente evolución (o más bien en continua decadencia, según se acerca el momento de la despedida), que se mueve de unos estados a otros como pez en el agua, que viste el dolor con una sonrisa y la pena con furia.




Para completar este maravilloso y a la vez escalofriante cuento sobre la locura, la soledad y la pérdida, Pablo Messiez nos plantea una escena que se encuentra entre dos realidades, una cocina que se muestra rodeada por ramas, o quizás sujetada por ellas. La escenografía de Elisa Sanz nos cautiva a la vez que nos inquieta. Una bonita cocina cercada por crueles ramas que intimidan con su presencia, mientras la suave y atenuada iluminación de Pilar Parra nos transporta a un mundo entre los sueños y la realidad, con unas atmósferas densas que aportan contundencia.




Messiez concibe la escena como un nido del que el polluelo debe salir para crecer. Una metáfora que nos sitúa en un lugar a mitad de camino entre un hogar protegido por las ramas o un inhóspito lugar que nos aprisiona y del que debemos escapar.  Todo en este pequeño mundo tiene su importancia, desde el sonido del frigorífico hasta la música que parece ser el único lugar común entre la realidad y el mundo que habita el hijo. La escena muestra la dualidad que desprende toda la obra, la superposición de un hogar, de un ámbito conocido (el mundo de la madre), con lo desconocido del bosque (el mundo transitado por el hijo).




La obra es un complejo y perfecto engranaje que nos cautiva desde el mismo momento en que entramos por la puerta y vemos al hijo en escena. Una dolorosa maravila, capaz de hacernos transitar lugares de nuestro corazón que no solemos, para descubrir lo duro que puede llegar a ser el desprenderse de un ser querido cuando te das cuenta de que no puedes hacer nada por ayudarlo.
Una historia que nos marcará, nos hará pensar, nos dolerá, y quedará en nuestro interior para siempre. Por muchos motivos este texto desprende tanta belleza, tanto amor, pero a la vez tanto dolor y pena, que es difícil entender como todo en su justa medida convierte la obra en una pequeña obra maestra, llena de pequeños momentos inolvidables.


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He nacido para verte sonreír
Teatro: Teatro Abadía
Dirección: Calle Fernández de los Ríos 42
Fechas: De Martes a  Sábado a las 20:30, Domingos a las 19:30.
Entradas: Desde 17€ en TeatroAbadia. Hasta el 28 de Enero