lunes, 18 de julio de 2016

Teatro: "Si la cosa funciona" de Woody Allen


La apuesta por versionar una película del maestro Woody Allen es un reto que de entrada debe imponer bastante respeto y una gran responsabilidad. Alberto Castrillo-Ferrer no tiene vértigo y se pone en el pellejo del genio neoyorquino para ofrecernos esta versión teatral de la cinta estrenada en 2009. La obra aguanta el tirón y consigue que nos olvidemos de la versión cinematográfica, un logro importante si recordamos la gran acogida que tuvo en su momento el film. Alta comedia al puro estilo Allen, marcada por personajes con miles de aristas y diálogos tan elegantes como punzantes.






La tentación de llevar al teatro textos tan brillantes como los del autor de "Annie Hall" o "Manhattan" es una tendencia que cada vez vemos más en nuestro país. Hace unos años se representó en el teatro Maravillas "Misterioso asesinato en Manhattan" y más recientemente tuvimos el placer de poder meternos (literalmente, ya que los espectadores se sentaban al lado de los actores en la escena) en las discusiones matrimoniales de "Maridos y mujeres" en el teatro Abadía. Al igual que sus predecesoras, las películas tenían mucho aire teatral, desarrollándose en espacios cerrados y priorizando el texto sobre los escenarios urbanos (casi siempre neoyorquinos) que tanto gustan al autor. No cabe duda de que la mayoría de las propuestas de Allen dan ganas de llevarse al teatro por las historias y personajes que trata, pero son pocas en las que no aparece el entorno urbano como elemento clave de la narración. La que nos ocupa se desarrolla en el piso del protagonista, aunque para su adaptación han tenido que hacer algunos cambios porque en el film existen paseos de Larry David por las calles de Manhattan hablando a cámara que son realmente de lo mejor de la cinta.



La historia se centra en Boris, un personaje egocéntrico cargado con una mochila llena de manías y defectos (muy de los personajes de Allen). Jose Luis Gil se convierte el alter ego de Allen para meterse en el papel de maduro lisiado y egocéntrico que interpretó el humorista Larry David para el cine. Triunfador a nivel profesional como un eminente físico, se siente frustrado porque la sociedad no le entiende, al menos él piensa que no está a su nivel. Nuestro personaje se ve atacado por la gente, cree que todos están en su contra, sin pararse a pensar que quizás sea él quien tenga un problema grave de odio hacia todo lo que no cumple sus perspectivas intelectuales. Al borde del desquicio total, un matrimonio frustrado le lleva a un intento de suicidio que agrava su situación al no consumarse. 
Con este punto de partida tan extremo, se cruza en la vida de Boris una chica plueblerina con pocas luces pero que tiene muchas esperanzas puestas en la sociedad, la misma a la que odia nuestro misántropo protagonista. Melody, interpretada por Ana Ruiz, se acaba de escapar de su casa y ha llegado a Nueva York, donde se encuentra sola y desamparada. Después de un hilarante encuentro entre los dos personajes, Boris permite que la chica no duerma en la calle y le deja quedarse en su piso por una noche.... y acaba viviendo allí con él. La "lógica" de las obras de Woody Allen hace que este tipo de personajes tan antagónicos acaben por atraerse, incluso lleguen a amarse. La relación se va retroalimentando con Melody intentando romper la coraza de Boris para que sea más sociable y él intentando que la chica se culturice y llegue a apreciar los "placeres de la ciencia y la cultura".
Todo parece ir bien hasta que los padres de Melody llegan a la ciudad en busca de su hija. Para terminar de rizar el rizo, estos dos nuevos personajes son, cuanto menos, peculiares. Ella, una mujer ultraconservadora que no entiende la relación de su joven hija con un hombre mucho mayor que ella. Él, un hombre con un oscuro pasado y muchas cuentas pendientes. Este cóctel hace que la historia se tuerza hasta límites insospechados, aunque como suele ser habitual todo acabe con risas y las diferencias aparentemente insalvables sean al final motivo de confraternización entre los personajes.




Este amalgama de personajes tan dispares están muy bien representados por un elenco de actores que no desmerece nada a los de la película. Ana Ruiz (conocida por el gran público por su papel de la telefonista de camera café) en el papel de la inocente Melody es el contrapunto a Jose Luis Gómez, que interpreta a Boris (muy alejado de los papeles telelvisivos por los que se hizo más conocido, con un registro de comedia mucho más refinada). Los dos disipan las posibles dudas sobre sus encasillamientos televisivos desde el primer momento, manteniendo el pulso de los personajes que en su día interpretaron Larry David y Eva Rachel Wood y haciendo que nos olvidemos de ellos, al dotar a ambos de un estilo propio.
El reparto lo completan Rocío Calvo en el papel de Marieta, la madre neurótica (papel que permite un gran lucimiento por la metamorfosis que sufre durante la obra), Ricardo Joven en el papel de John, el padre "vaquero" (con menos posibilidad de lucimiento que su mujer) y Beatriz Santana como Jessica y Helena (un par de breves apariciones con papeles menores); tres espléndidos secundarios que mantienen el nivel interpretativo de los protagonistas.


Albero Catrillo-Ferrer tenía una difícil tarea al tener que encerrar a los personajes en un recinto acotado, debido a la importancia que tiene la ciudad de Nueva York dentro de la película (sobretodo en el encuentro de los protagonistas). La escenografía creada por Anna Tussell nos transporta a un loft neoyorquino en el que nos sentimos bien, nunca se hace extraño la ausencia de "la ciudad". Un decorado de marcada inspiración cinematográfica refleja perfectamente el espíritu tanto del personaje que allí reside (un bohemio intelectual) como de la ciudad a la que representa. La composición escénica que completa con imágenes proyectadas en determinados momentos (genial el diálogo de Boris con el mismísimo Woody Allen), y una banda sonora que hace casi de narrador en determinados momentos. La puesta en escena se consagra con las ocasiones en las que Gómez rompe la barrera de la cuarta pared para hacer partícipe al público de todo lo que piensa.

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Castrillo-Ferrer acierta en su visión de transformar la película en teatro. En obras tan emblemáticas cabría la posibilidad de que el autor intentase darle "su toque personal" a la obra y escapar de las similitudes con la original. En este caso ocurre lo contrario, empezando por el cartel de la obra, que permanece igual al de la película. La obra se desarrolla como un Allen de lo más clásico, con todos los tics que han llevado al neyorquino al oplimpo de los creadores de las últimas décadas. El haber intentado huir de un personaje tan peculiar habría llevado, casi con toda seguridad, a desdibujar un texto plagado de personajes muy bien trazados.



Sí, la cosa funciona. La obra mantiene el nivel de lo que espera de un texto de Allen y, lo que me parece mucho más interesante, nos hace olvidar a su predecesora. Un texto que nos hace pensar en la vida y la muerte, la sociedad y las relaciones entre personas de muy diverso pelaje. Pero sobretodo es un texto que pone a las personas en su sitio, todos al mismo nivel. Una lección muy sabia que todos deberíamos tener presente en todo momento: las personas son iguales y valen lo mismo aunque no tengan estudios y sean unos pueblerinos sin "inquietudes intelectuales", lo mismo que un genio de la física que le falta corazón para querer a nadie, lo mismo que un cojo malhumorado y desagradable, lo mismo que una suegra pedante, lo mismo que un suegro sin escrúpulos. Las personas son interesantes siempre, sólo hay que saber buscar la parte que nos gusta de cada una. Grandes lecciones de vida del maestro Woody Allen.
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Si la cosa funciona
Teatro:  Maravillas
Calle: Manuela Malasaña 6
Fecha: De Miércoles a Domingo hasta el 11 de Septiembre.
Entradas: Desde 12€ en entradas.comtaquilla.comticketeaatrapalo